Ayiti, mwen pral toujou sonje w!
El viernes pasado disfruté mi último trayecto en tap-tap (al menos de esta etapa) y fue delicioso. Tuve suerte. Tomamos el tap-tap en marcha casi corriendo detrás de él porque aunque iba vacío no podía parar (era una esquina complicada y desde atrás presionaban otros conductores que también buscaban clientes, pura competencia). Yo fui la primera en subir y detrás cuatro hombres. Cada uno de los cuatro se dio un golpe en la cabeza según subían y una vez sentados, cada uno de los cuatros con su manos tocándose el posible chichón, riéndose entre ellos, me preguntaron si yo me había dado… no! Yo no me he dado, gracias a Dios! porque no tengo la cabeza dura… y rieron más aun… pero no por este comentario sin gracia. En ese instante, la respuesta unánime de los cuatro fue. “la única blanca que viene en tap-tap y se monta en marcha mejor que nosotros…” A partir de ahí disfruté de una conversación muy agradable y hasta les hablé de la pena que tenía por dejar el país, Ayiti!

Siempre imaginé, supe, que no sería fácil pero también pensé que pasado el tiempo hasta tendría ganas de despedirme de Haití. Que llegaría un momento en el que me bloqueara, me descorazonaría completamente o sencillamente que me cansaría y que eso haría que dejara el país con cierta alegría, pero la alegría que me queda la pone todo lo que quedó a donde ahora voy.
Dejar Haití tras casi dos años me está produciendo mucha tristeza. Y quedan cosas bellas, grandes amigos y amigas, compañeros de trabajo, de lucha y compadres y comadres que relajaron momentos difíciles, experiencias insólitas, aprendizaje sin tregua, conocimiento acumulado, mucho compartir, y también sufrimiento, vida y muerte, pobreza, comprobar la diferencia a diario entre la miseria y la miserabilidad, la riqueza de corazón en muchas personas que te enseñan que vivir con muy poco no es dramático, que lo dramático es pasar hambre o que muera un bebé por una diarrea (que por desgracia ocurre constantemente) contrastes culturales que nos unen y nos distancian, sumisión y rebeldía que conviven transformándolo todo.
En este país lleno de injusticia, de una extraña violencia constante palpable pero no visible, de corrupción, de inequidad, de esperanza, de alegría, de bondad, de música, de arte …en este país he sido feliz.
Pero me queda un sabor un tanto amargo, queda una sensación que me encoje y que me seca. Queda el sentimiento de no haber hecho todo lo posible, de no haber dado todo, de que me podía haber implicado más, luchado con más fuerza, y a la vez esta sensación hace que me siga sintiendo viva y con ganas de seguir esta opción de vida que muchos no comprenden, a veces, ni yo misma,
Sólo una palabra más, una palabra manida pero llena de contenido, llena de todo mi cariño, de mi AMOR por quien me apoyó, me acompañó, me guió, me aguantó (cerca y lejos) por quien vi sólo de refilón, por quien desconfió de mi y por quienes después de estos dos años me siguen queriendo, por quien me protegió, por los que se aprovecharon, por los que me aproveché. A todos los que llenan mi corazón de una u otra forma, una vez más esa palabra: GRACIAS.
Hasta pronto Ayiti, Map toujou sonje w
Nap Kenbe!!!
Me queda una ida sin vuelta en el bus que pasa por Malpase-Jimaní, la frontera con Dominicana, y ya sólo me hervirá una vez más la sangre porque será la última que sea testigo de la desfachatez con que la policía dominicana desprecia al haitiano tratándolo peor que a un animal. Y será la última vez que veré a mis amigos haitianos de la aduana, vendedores de tarjetas de teléfono, limpiabotas, ladronzuelos o cargadores de carbón que me reciben siempre con la alegría y el alboroto (a veces convertido en tumulto) de quien tiene hambre y va a recibir un bocadillo o una galleta de chocolate y será la última vez que de su boca pueda oír “manmi olga” y que se cuelguen de mi mano disimuladamente como diciendo gracias. Chavales de 8-12 años a quienes robamos su infancia.