Personas amables, sin duda.
Otra historia…
Ayer, como todos los días, andaba en el tap-tap que me lleva a la oficina (o a casa… según se mire). Cuando entras en un tap-tap lo haces en un submundo increíble, me encanta, creo que es de los lugares donde más estoy aprendiendo sobre la cultura haitiana y sus gentes. Un lugar donde conoces como es verdaderamente un pueblo, en el transporte púbico…perdón público.
Compruebas su amabilidad, sus miedos, los motivos que les causan irritación, las conversaciones que les animan y las que no les interesan en absoluto,. Siempre hablan, raro es el día en que no hablan. Hablan entre ellos sin conocerse de nada, del tiempo, de lo mal que conduce el chofer, de lo difícil que está el tráfico, de lo cara que está la vida, de los pobres indigentes que buscan comida entre la basura… o me preguntan porque diablos un blanca va en el tap-tap y no se terminan de creer que lo hago por necesidad, porque no tengo coche, ni dinero para comprar uno… como ellos… y no se lo creen!
A veces la cubierta de las llantas tocan las ruedas, casi el piso. Demasiada carga para la cuesta que debe afrontar el viejo vehículo (milagro es qué ande!). En estas ocasiones (el 98%) los haitianos son bastante gentiles, no sólo conmigo, sobre todo entre ellos… y los que van más seguros, sentados, agarran a otros que van de pie, doblados porque no pueden erguirse, para evitar que se caigan. Sin importar edad, sexo o religión se apoyan unos en otros cuando su cansancio, el tiempo del viaje y los baches (verdaderas depresiones) les deja echar una cabezadita. O se dejan sentar unos sobre otros haciendo dos filas donde ya es asombroso que quepa una y de nuevo los que van sentados piden los bártulos que llevan a los que les toca ir de pie, colgando de la parte de atrás, para que puedan agarrarse bien al techo del tap-tap.
El precio del viaje es otro tema… ha habido un tiempo con “tarifas oficiales” pero a mi vuelta todo se ha desbaratado, donde antes pagaban 10 gourdes, ahora son 7 (un precio que ha bajado!!!!) …o 5, o lo que lleven, o no pagan porque no tienen y el chofer aguanta sin enojarse porque sabe que no tienen de veras. Hasta algunos niños antes de montarse dicen al chofer que no llevan dinero y él les deja subir…. personas amables, sin duda.
Pero ayer sucedió algo que no había visto antes. Frente a mi viajaban dos señoras, no se conocían entre ellas. Tendrían más o menos la misma edad (la misma que tengo yo …aunque parecía que por sus vidas pasaron 10 años más….) pero una era grande, ancha, bien alimentada e iba muy bien vestida. A su lado sentada la otra, delgada hasta rayar la desnutrición severa, con el pelo seco, tosco como su cuerpo y, aunque si se descubría pobre, no iba nada desaliñada (pero si sobrellevaba esa mirada perdida que tienen tantos por aquí y que no deja de dolerme). Cuando casi llegábamos al final de la ruta la mujer evaporada le susurró algo al oído a la voluminosa y ésta cerró los ojos no sin antes dirigirlos al cielo. Los volvió a abrir y giró su rostro hacia su vecina que no dejaba de mirarla como miran los niños una golosina que no pueden tomar. La gran mujer hizo como un gesto de aprobación y apartó rápidamente su vista que por unos segundos mantuvo sobre la mujer casi marchita. Cuando la amplia pensó que nadie se daba cuenta, metió su mano en el bolso, sacó unas monedas y se las dio a la seca. Con esto ponía a salvo su dignidad, la de ambas. Una daba un poquito de lo poco que la sobraba y la otra no tenía que pedirle al chofer “otra vez” que no la cobrara y aunque no es raro que unos paguen el viaje por otros sólo se hace como señal de amistad, no como un acto de caridad.
Cada viaje en tap-tap es una lección.